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Marruecos

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Estancia Imperial

Un cambio de concepto, una experiencia de evolución y raíces ancestrales, un crecimiento pujante en todos los sentidos con el atractivo del tiempo detenido en muchos de sus rincones. Eso es Marruecos, y sabor a almendra y miel, y gentes acogedoras que rompen su natural timidez cuidando al viajero, pura naturaleza y urbes palpitantes a caballo entre las medinas y las zonas occidentalizadas. Un recorrido por todo el país saciará al más ávido de experiencias de los visitantes, pero si no se dispone de mucho tiempo cualquier elección que se haga sobre la rica oferta turística que ofrece el país seguramente será acertada. Estirándose por el Atlántico y propiciando la confluencia del océano con el Mar Mediterráneo, sus playas son tranquilas y sus montañas enigmáticas.

Aventura, cultura e historia, todo unido en Marruecos y cocinado con fuego de leña como el de sus hornos, un país heterogéneo con majestuosos palacios y pueblos con el encanto que el cine en innumerables ocasiones ha inmortalizado. Marruecos es todavía un gran desconocido para muchos, pero no cabe la menor duda de que los que lo pisan repiten e incluso amplían su estancia. Un colorido extraordinario de especias, un bullicio que emana vigor de una juventud impropia para un país tan ancestral, una explosión de sabores por la imaginativa gastronomía que usa como materia prima única y exclusivamente natural, todo ello, son algunas muestras del modo de embriagador de conquistar los sentidos que este destino tiene y usa de un modo cotidiano y permanente porque pertenecen a su vida.

Al Mamlakah al Maghribiyah en árabe, con traducción literal el Oeste Unido, Marruecos en definitiva, dispone de un gran potencial de costa, con puertos importantes a los dos mares y que incluso sigue ampliando para ofrecer unos mejores servicios, y con zonas residenciales de nueva urbanización si lo que se prefiere es el descanso al más puro estilo resort. Comparte la mayor parte de su frontera que no sea marina con Argelia, al este, y con el Sáhara, al oeste, y está dividida en dieciséis regiones, cada una subdividida en provincias y prefecturas. La capital administrativa es Rabat y su ciudad más grande e industrial es Casablanca, ambas muy conocidas junto a Marrakech, y las tres iniciando una lista muy larga de poblaciones con muy interés para su visita. En todas sirve y circula el Euro, pero su moneda es el Dirham a un cambio aproximado de 12 por cada euro.

La introducción más fácil es atravesando el estrecho vía Tánger desde Tarifa o pasando desde Ceuta tras coger el ferry con Algeciras, y al alcance de pocas horas hay un triángulo espectacular y de gran deleite formado por la ciudad española con Tetuán y su pasado de capital del Protectorado, y con Tánger y sus intrigas de espías de la Segunda Guerra Mundial como vértices. Si a esos puntos se pueden sumar los de Casablanca y Marrakech, la espectacularidad irá en aumento, así como los polvos de misticismo propios del Islam subidos en alfombras, engalanados con joyas y adornados con todo tipo de laboriosos productos que los distintos oficios artesanales van creando con paciencia y con alma.

Múltiples combinaciones para planificar el viaje: Casablanca con su capitalidad financiera, Rabat con la real y administrativa, las otras ciudades imperiales de Marrakech, Fez y Meknes, las fortificadas de Asilah, El Jadida, Azemmour, Safi y Essaouira, las mil Kasbahs con Ouarzazate, Errachidia, Erfoud, Tineghir y Zagora, la Costa Mediterránea de Tánger, Tetuán, Chaouen, Hoceima, Saidia o Nador, o, por último, las de la Ruta del Sur con Agadir, Goulimine, Tafraout, Tiznit, Laayoun y Dakhla. Todas ellas pueden y deben mezclarse entre sí para disfrutar al completo de la variedad en el folclore, la gastronomía, la cultura, la montaña, la caza, la pesca, el desierto, los deportes de aventuras y las gentes, y todo entre sorbo y sorbo de té a la menta tomado siempre en buena compañía.

Una méharée es una excursión a lomos de un dromedario, y eso es algo obligado en el gran Sur, así como el senderismo por el Atlas o el paseo por las antiguas callejuelas de las ciudades imperiales. La cultura popular habita en ellas y en otros muchos rincones pintorescos de poblaciones menos densas, con personajes que se encargan de que jamás caiga en el olvido un entramado de historias y vivencias que hace de nexo irrompible. El viajero tiene a su disposición los circuitos concurridos y la fuga a fiestas tradicionales, algunas religiosas y otras no. El musem más conocido es el del famoso valle de las rosas de Kelaat M’Gouna, consistente tanto ese como los demás en la ocasión perfecta para relacionarse y comerciar. En cualquier época del año Marruecos se despliega sin guardarse nada.


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