A la costa, a los montes y valles, a sus rincones del vino o a sus tres capitales. En esas cuatro esquinas tiene nuestro viaje todo lo que precisa para ensancharnos el alma y el conocimiento. La reflexión que nos queda es la de que hay que saber vivir en un diálogo permanente con la Naturaleza y con el hombre con el que nos cruzamos en nuestro camino. Lo importante es lo importante, y lo demás debe tomarse en su justa medida, como el tiempo que dedicamos a la contemplación de genialidades de la Creación divina y del ingenio humano, y el tiempo que compartimos con los demás.
Euskadi precisamente es compartir, porque tanta belleza no se contiene sola sino que se desborda. Lo sabremos mejor en la ruta de una esquina a otra, pasando por paisajes puros y por gentes que no tienen dobleces, sino una sola cara y siempre amable. Cierto es que se precisaría de un siglo completo para no perderse nada, y que habrá postales que no se venden en los quioscos pero que sí nos impactan en la mirada y el pensamiento. Y es que se se puede hacer un resumen con lo imprescindible, pero siempre faltará lo que para cada cual es innegociable, una captura de imagen en nuestro sistema operativo vital.
Un magnífico hilo conductor es la enograstronomía, sí, vino y comida de merecida fama mundial en el territorio con más altas cocinas por metro cuadrado de todo el globo terráqueo. Todos los grandes cocineros que se han forjado cual hoja de cuchillo noble entre los fogones vascos tienen una cosa en común: no traicionar jamás a su materia prima, porque de la pureza surge el sabor verdadero de las cosas. Escribir de Euskadi y no teclear txakoli es un pecado sin redención ninguna, pero qué pasaría entonces si no deletreamos asador, sidrería, bodega o pintxo. Hay queserías y conserveras que se pueden visitar, y mil sitios en los que comprar, amén de museos que se han dedicado a mostrar lo que es una auténtica joya vasca, el comer por y con placer.
Sentados en una buena mesa, sin ser buena sinónimo de ‘de lujo’, reponemos fuerzas para seguir con nuestro viaje, que bien puede planificarse uniendo sus tres principales capitales, cada una con su estilo propio y las tres espectaculares, o dibujando una figura al gusto uniendo su millón de pueblos con encanto, o practicando deporte en contacto con la naturaleza, o bordeando una costa muy accidentada por la lucha de la tierra y el bravo mar, o poniendo a prueba los sentidos de la vista, el olfato y el gusto, dejando descansar el del oído por la quietud de sus bodegas. Son algunas sugerencias, pero solo eso, porque el itinerario es libre.
Para apuntar a un objetivo más concreto, detenemos nuestra descripción en las tres capitales vascas al entender que son de obligado paso sea cual sea el tiempo de estancia que nos vayamos a regalar en Euskadi. No sin pasión, porque nada se vive sin sentimiento en esta tierra, en movimiento circular es obligado dejarse sumergir en la Belle époque de La Bella Easo, de Donosti, de San Sebastián, magnífica y elegante, en el pasado industrial de El Botxo, de Bilbo, de Bilbao, moderna e histórica a partes iguales acompasadas, y en las leyendas del Medievo de Gasteiz, de Vitoria, sobria y mimada al detalle por todos sus vecinos. Personalidad, carácter y contenido que se recomienda desde la gestión turística del Gobierno Vasco: